La investigación liderada por Ana Isabel Ortega y publicada en Journal of Archaeological Science: Reports documenta ocupaciones y actividades rituales desde el Paleolítico Superior hasta la Edad del Hierro en uno de los espacios más singulares de la Cueva Palomera
La Sala Keimada, uno de los santuarios de arte rupestre de la Cueva Palomera, en el complejo kárstico de Ojo Guareña, fue utilizada de forma recurrente por distintos grupos humanos durante más de 11.000 años. Esta es una de las principales conclusiones del estudio liderado por la investigadora Ana Isabel Ortega, recientemente publicado en la revista Journal of Archaeological Science: Reports y presentado este martes en el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH).

El trabajo constituye el tercer estudio desarrollado dentro de un proyecto de contextualización cronológica de los yacimientos situados en las zonas profundas de Ojo Guareña. Gracias a la realización de 16 dataciones radiocarbónicas, los investigadores han podido establecer una secuencia de uso que abarca desde el Paleolítico Superior hasta la Edad del Hierro.
La Sala Keimada se encuentra a unos 300 metros de la entrada de la Cueva Palomera y frente a la conocida Sala de las Pinturas. El acceso se realiza a través de una estrecha gatera que conduce a una amplia sala donde se conservan grabados, pinturas y diversas estructuras arqueológicas.
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es la confirmación de la antigüedad paleolítica de parte del conjunto artístico. Un pequeño carbón localizado sobre varios grabados proporcionó una datación de aproximadamente 13.600 años, una cronología prácticamente idéntica a la obtenida para las representaciones de la Sala de las Pinturas. Según explicó Ortega, este resultado confirma la existencia de otro santuarios paleolítico en el interior de Ojo Guareña y refuerza la importancia de la Cueva Palomera como enclave artístico del Paleolítico final.
Además de estas evidencias, el equipo identificó un trazo negro perteneciente al lomo de una figura animal que fue reutilizado posteriormente para crear otra representación zoomorfa. La datación de uno de los fragmentos de carbón asociados a esta figura arrojó una antigüedad de unos 7.400 años, correspondiente al Neolítico inicial, lo que demuestra la reutilización simbólica del espacio miles de años después de su creación.
La investigación también documenta otras intervenciones humanas realizadas entre hace 6.100 y 4.100 años, como la excavación de hoyos en el suelo y diversas modificaciones del entorno interior de la cavidad. Estas actuaciones evidencian que la sala continuó siendo visitada y transformada durante la Prehistoria reciente.
Entre los hallazgos más singulares destaca la localización de los restos de un lechón doméstico depositados en el interior de un gour, una formación natural que actúa como pequeña piscina de agua. La datación de los huesos situó este depósito en torno a hace 2.000 años, en plena Edad del Hierro. Para los investigadores, esta evidencia apunta a un posible uso ritual de la cavidad por comunidades prerromanas, en un contexto donde el agua desempeñaba un importante papel simbólico.
El estudio también analiza una peculiar estructura lítica formada por grandes lajas de caliza colocadas deliberadamente en posición vertical. Aunque todavía no ha podido ser datada directamente, su tipología presenta similitudes con otras estructuras conocidas en contextos paleolíticos, como la documentada en la cueva asturiana de Tito Bustillo.
Durante la presentación, Ortega subrayó que los resultados muestran cómo los espacios más profundos y difíciles de acceder de las cuevas mantuvieron su atractivo para distintas sociedades a lo largo de milenios. Según la investigadora, las sucesivas comunidades que visitaron la Sala Keimada respetaron las manifestaciones artísticas anteriores y reutilizaron el lugar sin destruirlas, lo que refuerza la idea de que se trataba de un espacio dotado de un fuerte valor simbólico.
La investigación forma parte de los proyectos impulsados desde 2016 para establecer la cronología de los yacimientos interiores de Ojo Guareña mediante nuevas técnicas de datación por carbono 14, capaces de analizar muestras mucho más pequeñas que las utilizadas en décadas anteriores. Gracias a estos avances, los investigadores están reconstruyendo la compleja historia de ocupación de uno de los sistemas kársticos más extensos y relevantes de Europa.