Según informa la prensa local, Bill Gates, tras encapricharse del arco de Santa María de Burgos, y ante la desidia de las instituciones, se dispone a desmontarlo para su traslado a EEUU. Poderoso Caballero... ¿Se imaginan algo así? Pues esto le ocurrió al patio de la Casa Miranda, hoy museo de Burgos, a principios del pasado siglo XX. En esos años, acaudalados hombres de negocios como Rockefeller, o nuestro protagonista, W.Randolph Hearst, cayeron como aves de rapiña sobre un patrimonio que aquí se despreciaba y a ellos les daba prestigio, utilizando todo tipo de tretas.
Entre 1910 y 1925 se libró toda una batalla en torno al patio de la Casa Miranda, de estilo renacentista. Tras la oscura historia de la venta por su dueño, Hermenegildo Barbero, a una empresa fantasma, estaba W.Randolph Hearst, el magnate de la prensa americana y ambicioso coleccionista. Hearst ?retratado por Orson Welles en la película Ciudadano Kane, cuya distribución intentó evitar? era un comprador compulsivo de legado artístico. Codiciaba todo tipo de patrimonio europeo ?artesonados, iglesias, patios, o incluso palacios enteros? para decorar alguna de sus propiedades, como la Casa Grande en San Simeón (California), o el famoso castillo Hearst, con su finca de más de ocho millones de m2. Y en un principio logró anteponerse a la declaración del patio de la Casa Miranda como Monumento Nacional: ¡ya casi podía sumarlo a su colección!
Hearst sabía del poder de la prensa, pero aquí fue ella la que abogó por el patrimonio. Primero fueron periódicos nacionales, como El País o el Imparcial, y después locales, quienes alertaron de la posible salida del patio al extranjero y concienciaron a la sociedad de su importancia. Gracias a esa denuncia pública, y con la presión de los vecinos de la ciudad, se consiguió paralizar esa amenaza de expolio, que duró más de 15 años. Finalmente, en 1934 el ayuntamiento de Burgos acabó por comprar el patio. Incluso a pesar de una sentencia del Tribunal Supremo favorable a la venta, nuestro ciudadano Hearst no se pudo salir con la suya.
Hoy en día no nos sorprendería esta polémica, pero resulta muy llamativa para el primer cuarto del siglo XX, cuando el desapego de la ciudadanía hacia su legado artístico era generalizado. En Castilla el patrimonio abundaba y, para nuestro pesar, no tenía quién lo protegiera del ansia coleccionista de esos hombres de negocios americanos. El expolio se realizaba en la clandestinidad, con intermediarios, marchantes y testaferros para no dejar pistas, o engañando a los legítimos dueños para que malvendieran sus posesiones: estos robos tenían el terreno abonado en un ambiente de incultura y pobreza.
Afortunadamente, el patio del actual Museo Provincial de Burgos sí pudo salvarse.