Quedó abandonado en el siglo XIX. Lo adquirió un industrial botero, que instaló su taller en su bellísimo patio. Un extranjero se lo compró para que fuera trasladado piedra a piedra a su país. Afortunadamente, el Ayuntamiento litigó, oponiéndose a su venta. Ganó el pleito y pasó a ser dueño de la casa de Miranda. Más tarde lo adquirió el Gobierno Central y ahora alberga el Museo Provincial.