Artículo de Juanjo Asensio
Durante un tiempo, en Villalval se llegó a pensar que la iglesia de San Juan Evangelista estaba perdida para siempre. No porque le faltara historia ni porque hubiera dejado de ser importante para sus vecinos, sino porque el paso del tiempo, la despoblación y la falta de recursos parecían haber impuesto una realidad difícil de revertir. Como ocurre en tantos pueblos de la España rural, llegó un momento en el que conservar aquel patrimonio parecía una tarea imposible y la resignación comenzó a abrirse paso.
El derrumbe de la torre campanario terminó por convertir esa preocupación en una amenaza real. La estabilidad de las bóvedas quedó comprometida y el deterioro del templo aceleró la sensación de que el edificio había entrado en una cuenta atrás de la que difícilmente podría salir. El vallado instalado alrededor de la iglesia cumplía una función de seguridad, pero también simbolizaba el temor de muchos vecinos a perder para siempre el edificio más representativo de la localidad.
Sin embargo, las historias no siempre terminan como parecen anunciar sus primeros capítulos. A veces basta con que una persona mire un lugar de una manera diferente para cambiar por completo su destino.
Villalval conoce bien lo que significa resistir. Durante las décadas de los años setenta y ochenta del siglo pasado, el pueblo sufrió el mismo proceso que tantos otros núcleos rurales de la provincia de Burgos. Su situación geográfica, el aislamiento de unas comunicaciones que terminaban prácticamente en la propia localidad y la tardía llegada de servicios básicos, como la electricidad, llevaron a muchas familias a instalarse en Burgos o en municipios cercanos con mayores oportunidades.
Las casas fueron quedando vacías y el silencio comenzó a instalarse en las calles. Con el paso de los años algunos antiguos vecinos regresaron para recuperar sus viviendas familiares y volver a disfrutar del pueblo durante fines de semana y vacaciones. Poco a poco Villalval recuperó parte de su vida, pero había un edificio cuya situación parecía mucho más difícil de revertir. La iglesia permanecía allí, soportando el peso del tiempo y acumulando un deterioro que parecía irreversible.
Y es que conservar hoy un edificio histórico ya no consiste únicamente en reparar un tejado o reconstruir un muro. La protección del patrimonio exige proyectos técnicos, autorizaciones administrativas, estudios especializados y una financiación que la mayoría de los pequeños municipios no puede asumir en solitario. Esa realidad explica por qué tantas iglesias repartidas por la provincia permanecen cerradas, deteriorándose lentamente mientras esperan una oportunidad que, en muchos casos, nunca llega.
La de Villalval parecía destinada a correr la misma suerte hasta que apareció Andreas Senge. No era vecino del pueblo. Tampoco historiador, arquitecto o especialista en patrimonio. Ni siquiera español. Era un peregrino alemán que años atrás había recorrido junto a su esposa Bettina el Camino de Santiago Francés. Como ocurre con muchos caminantes, aquel viaje fue mucho más que un recorrido entre pueblos y paisajes; fue una experiencia vital que dejó recuerdos imborrables y una profunda conexión con algunos de los lugares por los que pasaron.
La muerte repentina de Bettina, en 2022, cambió por completo la vida de Andreas. De aquel dolor nació una promesa y también un propósito. Quiere dejar una huella que trascienda su propia historia, no mediante un homenaje personal, sino recuperando un lugar que pudiera seguir siendo útil para los demás. La iglesia de San Juan Evangelista de Villalval, que ambos habían conocido durante el Camino, se convirtió entonces en ese objetivo de vida.
Lo que comenzó como un compromiso íntimo acabó transformándose en un proyecto colectivo. Andreas impulsó la creación de la asociación Renovierungsverein Iglesia de San Juan Evangelista, Villalval-Burgos, Jakobsweg e. V., alcanzó un acuerdo de colaboración con el Arzobispado de Burgos para promover la recuperación del templo y comenzaron los primeros trabajos de emergencia. La retirada de la cubierta, la limpieza del interior, el apuntalamiento de la nave principal y de la capilla, junto con la consolidación de las bóvedas, han permitido detener el deterioro y devolver la esperanza a un edificio que parecía condenado a desaparecer.
La iglesia permanece incluida en la Lista Roja de Hispania Nostra, un reconocimiento que pone de manifiesto la gravedad de su estado de conservación, pero también la necesidad de actuar para evitar una pérdida irreparable. En este caso, el valor del proyecto va mucho más allá de la restauración de un edificio religioso. Lo que está en juego es la conservación de una parte de la historia de Villalval y de uno de los enclaves que acompañan a miles de peregrinos cada año en su recorrido hacia Burgos por el Camino de Santiago Francés.
Todavía queda mucho camino por recorrer. La restauración definitiva exigirá recursos económicos, apoyo técnico y la implicación de instituciones, empresas y particulares que quieran sumarse a un proyecto tan ambicioso como necesario. Sin esa colaboración será difícil devolver al templo todo el esplendor que un día tuvo.
Pero quizá lo más importante ya se ha conseguido.
En Villalval ha cambiado la forma de mirar su iglesia. Allí donde hace poco solo parecía haber resignación, hoy existe un proyecto, una asociación, unos trabajos iniciados y una comunidad que vuelve a creer que es posible salvar su patrimonio. La historia de Andreas Senge demuestra que el patrimonio no entiende de fronteras y que, en ocasiones, basta el compromiso de una sola persona para despertar la ilusión de todo un pueblo.