En este tiempo, Castilla carecía por completo de núcleos urbanos. Sus hombres vivían diseminados en millares de diminutas aldeas o comunidades vecinales, entre las que sobresalían algunos castillos o fortalezas, entre las que destacaba la ciudad y el castillo de Burgos, con la presencia de algunas docenas de caballeros siempre dispuestos al quehacer bélico, defensivo u ofensivo.