El soberano, conocedor de que pronto tendría que abdicar buscó entre sus princesas a aquella que podría sustituirle, tarea difícil ya que tenía que decidirse entre dos de ellas. Así, unas veces contentaba a la primera dándola una posición privilegiada en su Corte en detrimento de la otra a la que situaba más atrás en el protocolo.
Para quedar bien con la segunda decidió que en una recepción con ministros, embajadores y contribuyentes, en la que se tenía que decidir sobre los dineros del Reino fuera esta segunda princesa la que presidiera el acto, porque el Rey, que presumía ante todo el mundo de ser muy atento y dispuesto con sus súbditos a los que decía no engañar nunca, siempre salía bien de las situaciones comprometidas, aunque para ello no tuviera el menor inconveniente en decir una vez una cosa y enseguida la contraria. Los magos de la época aseguraban de ese Rey que era incluso mejor que todos ellos porque "movía muy bien la bolita", en clara alusión a su comportamiento cuando tenía que tomar una decisión importante.
En lo que Su Majestad no reparó fue en que con esas actuaciones poco meditadas, queriendo quedar bien con las dos princesas, lo que había conseguido era tenerlas descontentas y enfrentadas a las dos.
Para colmo de males reales, algunos de sus ministros le recriminaron, aunque muy poquito, que mejor que a ellos tratara al que había nombrado Embajador-responsable de fiestas, visitas turísticas y culturales, al que premiaba a menudo con monedas de oro y plata por sus viajes y comisiones de servicio a otros Reinos, como portador de cartas y regalos para Reyes, ministros y mandatarios, y al que inclusó había protegido y dotado de inmunidad frente a los enemigos reales.
Y azulín, azulado, este cuento todavía no ha acabado.Continuará...