Además de grandes inundaciones la ciudad también ha sufrido los efectos del huracán. El 16 de agosto de 1642, hacia las siete y media de la tarde, se desató uno de los más violentos huracanes que se recuerdan. La fuerza del viento fue tal, que arrancó las ocho torrecillas o agujas que remataban el crucero de la Catedral. Las piedras, en su caída, destrozaron los tejados, perforaron las bóvedas por algunos sitios y hasta penetraron el interior de la Catedral. No hubo víctimas.